Valencia, fútbol y otras cosas

domingo, 9 de febrero de 2014

El tiki-taka para los esnobs

Tras la resaca de golear al actual colista de la Liga -litros de alcohol-, más calmado y magullado, con la mente serena y reposada, uno no puede más que certificar una obviedad: el invento del tiki-taka, esa moda en el fútbol comparable a las gafas de pasta, la silicona, los push-ups y un largo etcétera en la sociedad actual, objeto de culto adecuado y bueno por si mismo, por la propaganda que inunda la mente sólo con su evocación, por la imagen que proyecta en el imaginario de la cabeza; excepcional y cansina etiqueta de marketing, de usar y tirar, de análisis y valor superficiales; ese invento marciano, utópico, engañoso, decía, en la gran mayoría de casos no es más que un parapeto para esconder las miserias e incapacidades propias y ajenas, porque generalmente, debajo de calificativos como jogo bonito, tiki-taka, fútbol de toque, sólo hay castillos de naipes que cayeron ha por el fluir de una ligera brisa. El Valencia no es ajeno a la sociedad, a la influencia de los medios de comunicación retroalimentada por gran parte de la población y viceversa, y el aficionado valencianista ha tenido que sufrir y soportar a un equipo cantamañanas y maniqueo durante años, con paréntesis valverdiano, sin alma ni voluntad, a merced de una imagen que era sólo una burda tapadera de la nada que sólo hacía que empeorar las cosas. Emery, Pellegrino, Djukic son las caras de esta misma moneda. Con esto no quiero decir que sean malos técnicos, supuesto que no creo, si no que no son lo suficientemente buenos, o por decirlo de otra forma, no son lo suficientemente idiosincrásicos para dirigir al Valencia CF. Valencia es tierra de ruido, y como tal, el equipo que funciona es reflejo de la sociedad: podrá sonar e incluso ser un tópico, pero no por ello deja de contener gran parte de verdad -de hecho, todos los tópicos encierran sus dosis de realidad, de ahí proceden-, pero aquí prima el carácter, el trabajo y el compromiso: características comunes que todos los entrenadores que han rendido en los últimos lustros comparten: Aragonés, Ranieri, Cúper, Benítez, Valverde.

Por eso Pizzi ilusiona. Desde su llegada las sensaciones que transmite el Valencia son más que óptimas. Lo bueno es que no se está quedando sólo en sensaciones, los resultados también indican que la mejoría del equipo es notoria. Ganarle al Barcelona en su campo no es sencillo. Las armas y los conceptos están claros. Menos toque estéril y más correr y desmarcarse. Adolecía el Valencia de Djukic de querer mucha pelota para no saber qué hacer con ella -posesión estéril- cuando no se perdía directamente propiciando una ocasión de gol adversaria. El equipo parecía cola de lagartija rebanada; sin plan, sin ilusión, sin objetivos es complicado seguir hacia adelante. Más de media temporada sin hacer un contraataque en condiciones y ahora parece que salen solos, que se ejecutan de memoria. En meses de parecer piltrafa a apisonadora. No se ha obrado un milagro. Tan solo se hacen las cosas con sentido, y se construye una filosofía de equipo desde las bases, no desde la fachada. Menos ciclos simiescos y más dieta y entrenamiento. Precisamente en Valencia, que parece patria de ciclados.

No me gustaría finalizar, sin hacer alusión a lo que injustamente se considera juego bonito. Más bien debería tildarse de juego soporífero: la posesión de balón infructuosa no es más que una estrategia más -y no de mayor decencia- para defender, con balón, y aburrir al espectador y alejarlo de lo que está viendo; en el fondo es una forma de adormecerlo y robarle la identidad y la autonomía: ¿acaso el ser humano a lo largo de la vida no se hunde continuamente en el fango? ¿no hace sentir más al aficionado una acción de inteligencia y vigor que filigranas de salón?

¡Para ustedes las muñequitas de porcelana, que a mí me va el picante!


Hoeman, Valencia a 9 de febrero de 2014.


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